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sábado, 20 de enero de 2018

Cuentos breves de amor (Editorial Sopa de Letras)



La editorial argentina Sopa de Letras invita a escritores de cualquier nacionalidad a presentar CUENTOS BREVES DE AMOR en español para la publicación en una antología digital en Digibooks, BajaLibros y Amazon.

El plazo de la recepción de las obras será desde el 1 de enero hasta el 28 de febrero de 2018.

Más información en este enlace:

jueves, 18 de enero de 2018

Retratos literarios: Julián


Julián Cosa Río (el esposo de Manuela)


Julián venía a su encuentro con Encarnación en los brazos que se agitaba con intenciones de empezar a caminar. Él la amaba sin condiciones porque la criatura era su mitad, la parte verdadera de su yo, el recuerdo desordenado de Rocío y el añoso rostro de sus penas. Tenía su mismo carácter: rebelde, omnipotente, encendido… y lo llamaba con balbuceos sin reparar en su madre.

Manuela, con un jarro en las manos, desaliñada y torpe, los miraba como quien ve un espacio de niebla detrás de un árbol caído. La soledad de su alma cambiaba cuando su mente, arbitraria, le acercaba visiones de un ayer penoso, entonces se refugiaba con su angustia y se entregaba al aroma del romero, de la salvia y del tilo con los ojos enrojecidos y los bolsillos repletos de amuletos.(fragmento)

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Julián era una persona que amaba la libertad, le gustaba vivir bien pero puertas adentro. Nadie debía enterarse de que era una persona de fortuna. Amaba a Manuela con su  inmadurez  porque ella era un ser puro que lo sorprendía con sus debilidades. Él necesitaba dominar la situación pero no se daba cuenta que ella, a pesar de su insignificancia, lo manipulaba... Julián, un hombre frívolo, con los años se transformó en un adulto dolorido, que sólo pensaba en la vida que se le iba de las manos.

De---El silencioso GRITO de MANUELA


Pampa Gringa




 


Cuando empecé a escribir en este blog por el año 2009, una persona me escribió un correo invitándome a participar de la página PAMPA GRINGA con mi novela "La paisana francesa" (historia de los inmigrantes) que luego cambió de nombre y ahora se llama "La abuela francesa" en honor a quien fuera una gran mujer: mi bisabuela Melanie. La página ya no está pero conservo esta captura de pantalla como recuerdo.
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- Pampa Gringa. Inmigración Española · Inmigración Suiza · INMIGRACIÓN FRANCESA. · Historias de la inmigración judía. Inmigración Griega. Inmigración Italiana · Inmigración Alemana · Inmigrantes de Inglaterra, Escocia, Irlanda del Norte y Gales.




Acabo de subir mi novela 
"La abuela francesa"
escrita entre los años 1994 y 1997
a Amazon.


Amazon.es




Es para que no quede olvidada en un cajón.
En principio estaba enojada con Amazon y retiré algunos libros,
es que mi escritura
"de otra época"
no tiene seguidores pero ahora lo pensé mejor
y creo que si lo dejo guardado
es peor.
Aunque lo vea una sola persona basta.

Un abrazo.



martes, 16 de enero de 2018

La nodriza esclava-Los fantasmas de la Torre de Londres (1era parte)


Torre de Londres

En Inglaterra, el humanismo penetró en épocas de los Tudor y mientras el rey Enrique Vll se preocupaba por los problemas teológicos, los súbditos se interesaban en los aspectos más prácticos del movimiento; buscaban la libertad individual y la solución para las injusticias sociales.

El humanista más destacado fue Tomás Moro que llegó a ser lord Canciller del reino; aunque era católico moderado no aceptó la reforma religiosa implantada por Enrique Vlll por lo que fue ajusticiado.
Los estudiosos se apasionaban por el conocimiento de la lengua y las letras grecolatinas. Los maestros más relevantes fueron Petrarca, Boccacio y Dante Alighieri con su obra máxima “La divina comedia”. El autor la tituló solamente “Comedia” pero sus admiradores la calificaron de “Divina” porque reflejaba una gran erudición y un excelente estilo.

Isabel, en su pequeña aldea de campesinos, se hallaba sola y estaba llorando porque un hueco le perforaba la carne. Sentía que el tiempo era como un pájaro en vuelo y que se iba para no regresar jamás. La soledad la asfixiaba mucho; tomó entre sus manos un relicario que su madre le había regalado y lo besó intensamente. La vida no le daba placer. Hubiera podido morir sin darse cuenta; no dejaba a nadie porque no tenía hijos y su esposo era un ser egocéntrico que luchaba por una felicidad tan irreal como su sueño de guerrero. Si ella no hubiera existido para él hubiera sido lo mismo.

Isabel quería ser poderosa, amada y admirada pero también perversa. ¿Por qué no?. Lo sería sólo con aquellos que la humillaban y la obligaban  a construir una armadura frente a su cuerpo desposeído.
Podría haber llevado una vida de libertinaje asistida por alguna consejera espiritual o por un grupo de doncellas; consultar con una bruja en un torreón negro, de ésas que en sus épocas tenían búhos que leían trazos en un papel o gatos con tres ojos, pero temía ser encarcelada en las cuatro paredes de la Torre, acusada por curas y predicadores desde el otro lado de la puerta.

Isabel con su alma compleja y difícil fue siempre una niña insatisfecha; emprendía un trabajo y luego lo abandonaba porque se aburría de la rutina. Extremadamente sensible y espiritual, amaba el arte y estudiaba, sólo Dios sabía con qué libros, la evolución de las corrientes desde el “Cantar del Mío Cid” en el siglo Xll hasta la poesía del “Mester de Juglaría” que venía de Castilla.
Juglares

Los juglares eran hombres o mujeres que vivían de su trabajo; actuaban en plazas públicas o en mesones, en los palacios de los reyes, nobles y prelados para divertir al público. El artista era poeta, recitador, prestidigitador, titiritero, bailarín y a veces mendigo. Los había también clérigos y vagabundos.
Isabel era uno de ellos porque recitaba “Cantares de Gesta” en el palacio cuando se organizaban los torneos y las veladas de disfraces.

De-----La NODRIZA esclava

L.Fraix

lunes, 15 de enero de 2018

El hombre del espejo (cuento)




Trataba de salvar lo poco que quedaba de su castigada vida. Versado, independiente, hombre con fuerza de gran varón..., quería legitimar el hecho completamente irreversible: ver el avión quemado en aquel sitio ceniciento.

Su esposa Yolanda del Valle Rojas y su hija de cinco años dejaron la existencia entre los hierros y el fuego abrasador.
Maximiliano Rojas viajó a Brasil; debía recoger escombros, saldos y ese catálogo de nombres desconocidos para no caer con la levedad de un pájaro por un barranco envuelto en redes, licuado, en contienda con ese destino que lo obligaba a la soledad.

Caminó por las calles; se veía raro, en pugna y utilizado, tal vez no era el mismo. Pronto encontró un hotel, antiguo y deslucido, similar a una pensión de estudiantes. El posadero lo miró con los ojos y el alma anciana.
Había gentes que dormitaban en hamacas bajo los árboles y murmullos que trituraban el silencio. El anatema era: “Morirán antes del alba…”
Yolanda del Valle Rojas no quería viajar en el avión que el 10 de enero de 1969, poco antes del mediodía, despegó de Lima rumbo a una población peruana que se hallaba en la selva a setecientos kilómetros al nordeste, al otro lado de la Cordillera de los Andes.

Iban a bordo noventa pasajeros. Media hora después de haber despegado, el capitán Mauricio Madrás avisó por radio a la torre de mando que esperaba aterrizar dentro de cincuenta minutos. Al poco tiempo se perdió contacto, no contestaba a ninguna señal transmitida. Los aviones que partieron en su busca no hallaron restos.




Después de la explosión y las cenizas todo quedó maduro y manchado, con ese mutismo de capilla que perturba a los mortales hasta enloquecerlos de impotencia.
Yolanda iba en la primera fila de asientos, junto a la ventana, la niña se encontraba a su lado y un médico ocupaba el asiento contiguo al pasillo. Todo era normal: el despegue, el vuelo sobre los Andes, el ambiente apacible, el trato con las azafatas… y luego la selva que se extendía por el este hacia el horizonte.
A los cuarenta minutos de haber partido, disminuyó la visibilidad; la lluvia comenzó a azotar la parte frontal del avión y el viento a soplar con energía. La nave se agitó en bruscos ascensos y caídas violentas. Un relámpago rasgó el cielo y el aparato se sacudió. Las valijas cayeron y la gente comenzó a gritar, mientras desde el ala izquierda se empezó a levantar una llama de vivo color naranja…
Un instante después se produjo un golpe terrible.



La ventana daba a un parque y el reloj marcaba las once y media. El aire soplaba, árido, tan caliente como el fuego mientras Maximiliano Rojas se debatía entre el embrujo de las sábanas. Denigraba la vida en el sueño alterado por los pensamientos; se agitaban sus piernas sin gobierno… Hubiera querido fugarse de la maleza y retroceder el tiempo.

Al despertarse por la mañana, la primera sensación de la que tuvo conciencia fue que debía ir al lugar del siniestro pero sintió un profundo dolor en todo el cuerpo y la piel áspera y seca. Se puso de pie como pudo, se vistió y se fue a la calle. En medio de la batahola de miradas parecía un longevo que volvía de la tumba pero era sólo un mendigo que disfrazaba las lágrimas. No entendía el idioma y se debilitaban sus energías. Las opulentas avenidas lo confundían, quería ver una selva devastada y reducida a polvo. ¿Nadie sentía piedad por él?. ¿Es que no lo veían sufrir?.

Preguntó dónde quedaba el sitio. Debía alquilar un auto especial pues se encontraba a varios kilómetros de la capital. De repente, una especie de compasión hacia sí mismo lo obligó a retardar su porfía. Era loable el esfuerzo que mantenía para poder reconocer la muerte que siempre le pareció ajena, palparla en la sangre y en la de sus seres queridos.
“Nuestras muertes no son iguales a las otras”.


Cuando llegó al paraje se escuchaba el croar de las ranas y había butacas vueltas patas arriba. Abundaban las víboras y los insectos pero también el ocelote, el jaguar y algún tapir. En la selva del Perú muchos ríos corrían en círculos y estaban repletos de mosquitos, de caimanes y de pirañas. De lejos se oía el graznido de los buitres, seguramente rodeaban el fuselaje.

Maximiliano estaba a punto de desmoronarse. ¿Qué hacía él solo en ese campo de batalla rodeado de papagayos, monos y colibríes?. Era enfermizo que intentara mitigar la angustia porque era tan punzante que lo absorbía y lo convertía en un inerte individuo sin identidad.
El calor era húmedo y la temperatura de 45º.
En una barca amarrada a la orilla del río Shebonya que se unía al cauce del Pachitea se encontraba un sacerdote que venía del caserío de Tournavista. El hombre se acercó a él y lo miró fijo, tan vez horrorizado, al ver su cara desprovista de moralidad. Maximiliano Rojas quería golpear a alguien pero su incapacidad lo mutilaba; veía rostros desfigurados y cuerpos descompuestos entre las piezas del avión.

Aquel religioso fantasma había desaparecido…
Dio un puntapié letal a los asientos esparcidos y huyó entre las lianas, las pacas y los sapos negros. Ahora era él el que quería quemarse frente a algún camposanto.
Caminó como un neurótico que buscaba un instante de cordura para poder aliviar su mal cuando por una arteria, de espaldas, creyó ver a Yolanda del Valle y a su hija Sofia; iban acompañadas por un caballero que se parecía mucho a él.
¡Aquella camisa de cuadros azules era igual a la que llevaba puesta!
La bruma lo cegó, se frotó los ojos y corrió detrás de ellos pero no pudo alcanzarlos. ¿Se estaba volviendo loco?
Maximiliano Rojas, un inocente perdido frente a pasos arteros, se quedó parado en el espacio. Debía recomponer su existencia. ¡Para qué servirían las misas en homenaje a los caídos!. ¿Para qué pedir justicia y descifrar los mensajes de las cajas negras?.
Noctámbulo por los caminos en la infinitud de los laberintos, sin paz y sin cuerpo, sólo un alma, se fue hacia la posada.


El cielo encapotado iba a borrar las huellas de la masacre en media hora más.
Entró a la habitación y prendió un velador de luz rojiza y apagada. Un espejo con marco de bronce estaba colgado frente a la cama. Aromas de formol y de pino invadieron el aposento.
De pie, delante del espejo no pudo ver su imagen; lo limpió, lo colocó de costado, para arriba y para abajo. El terror se apoderó de él y retrocedió con paso débil y vacilante, se desmayó.
En el cristal su cuerpo destruido y sobre una silla la chaqueta de médico del Hospital Español “Roberto Rojas”.

¿Acaso hubiera sido mejor no tener que viajar en el avión junto a su esposa y vivir el horror de padecer su muerte?.

                                              L.Fraix- 1998

* Mención de Honor a la originalidad y creatividad literaria. Centro Internacional de escritores noveles. Buenos Aires-2000.


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viernes, 12 de enero de 2018

La nodriza esclava-Juana de Arco (4ta parte)


 Hampton Court-palacio del rey Enrique VIII

Isabel Law atendía a la reina junto con la enorme corte de damas en su cámara privada. Catalina era muy religiosa y esa fe le daba la fortaleza necesaria para enfrentar la adversidad sin quebrantarse. Una mujer sumamente culta no podía doblegarse ante el infortunio; sus maestros se lo habían enseñado: Séneca, San Jerónimo, Agustín… Ella estaba sometida al marido de por vida con piedad y devoción. El sufrimiento de madre que había perdido a sus cuatro hijos la debilitaba pero se encontraba absolutamente segura de que su deber era procrear un nuevo heredero hasta perder toda su energía y ese niño debía ser varón.
En 1511, había nacido Enrique pero alcanzó a vivir cincuenta y dos días. En esa época la mortalidad infantil era enorme y no suponía una tragedia para las reinas que estaban al servicio de un país.

Isabel Law veía vacía el alma de la soberana en un mundo irrepetible donde cada uno debía ser feliz. La joven pensaba en la muerte que rodeaba la periferia de los palacios, en las alcobas, en las calles, sobre la Torre de Londres…; desde niños hasta ancianos marqueses, desde eruditos hasta ignorantes. Todo resultaba ser muy oscuro para los grandes señores cuando no podían doblegar las leyes.
A la pequeña dama de la corte le gustaba el canto y agradecía a la Virgen santa por la inspiración y el don que le había regalado. Isa le cantaba a la reina y también a Enrique Vlll en las mascaradas que se realizaban en la corte donde participaban amigos y jóvenes de buena familia ataviados con terciopelos coral y sombreros de diversos formatos.
La voz de Isabel se elevaba a las alturas y sus ojos quedaban fijos en la reina que reía en medio de tanta frivolidad. ¿Será feliz?. Esa mirada recorría su cabello dorado y la piel blanca, el resto de su vestido y aquellas manos pequeñas. Cuando se hallaban solas le recitaba los versos de Tristán e Isolda que conocía de memoria y le leía una novela de caballería “El Amadís de Gaula” que era muy popular en España.


Catalina de Aragón era reservada y no confesaba sus miedos a los servidores pero Isabel notaba que no estaba contenta con su destino; tal vez, las sombras amenazadoras y desleales arrastraban las dudas de todos con el fin de ejecutar los más increíbles negocios. La reina temblaba y reaccionaba rápidamente ante los movimientos bruscos o los gritos; aquella muñeca de cera llevaba una vida casi estéril.
Isabel sentía lo mismo porque algo le faltaba; tal vez, el artificio del lujo, quizá un amor incondicional o la aventura.
La sala de Catalina era de techo alto muy alto; los muros recubiertos de oro y plata representaban pájaros, ángeles y caballos. Más arriba, todo era bermejo y azul y se encontraba tan bien barnizado que resplandecía igual que un cristal.

En alguna pared, quizá, los ojos vivientes de “La Gioconda” miraban las travesuras de la adolescente que no entendía la magnitud del valor de las obras pictóricas.
-Dicen que era la esposa del florentino Francisco del Giocondo-comentaba incrédula Isabel.
Catalina, en cambio, conocía las técnicas y lo nuevo que llegaba de España o de Roma. Sabía que Miguel Ángel había pintado la Capilla Sextina del Vaticano.
Ella, a veces, se sentía presa de ese hombre pero le obedecía ciegamente porque así debía ser; Catalina una discípula más, encadenada, amada y perseguida, humillada por los amoríos del rey.


Isabel Law copiaba los gestos de la soberana romántica y tierna porque la admiraba; en su interior y a la distancia experimentaba las mismas sensaciones. Sin embargo, Auguste no se parecía a Enrique Vlll. Su esposo era dócil y de buen carácter, aunque siempre desconfiaba de él por su misterioso silencio y porque descuidaba el hogar con diversiones absurdas. Se desempeñaba como mensajero del rey; Enrique lo había traído de Francia hacía diez años. Por entonces, era un joven guardia del Castillo Condal, Chateaux Comtal, adosado a la muralla galorromana y aislado de la Cité por un foso y una barbacana. San Luis construyó la parte exterior y la terminó Felipe, el atrevido.

Aguste Deux, caballero andante, se parecía al “Cid Campeador” pero no era ni tan valiente ni tan guerrero. Siempre se excusaba, delante de todos, y decía que era un pobre hombre, de humilde origen,  al lado de los señores de Inglaterra. A menudo, recordaba la “guerra de los cien años”; las flechas de los ingleses y los gritos de Felipe Vl:
-¡Matad a toda esa gentuza!.
Auguste posesionado por los acontecimientos pasados parecía un insano, igual que su amada esposa con los recuerdos de Juana de Arco y los sacrificios.


“Rey de Inglaterra y vos Duque de Bedfort que os decís regente del reino de Francia, dad razón al rey del cielo. Rendid a la “doncella” que es enviada por Dios, las llaves de todas las buenas ciudades que habéis tomado en Francia… y vosotros compañeros de guerra, gentiles hombres y los otros, que estáis delante de Orleáns, idos a vuestro país… yo soy enviada de Dios para echaros fuera de Francia.”
                                                     Carta de Juana de Arco en Orleáns al

                                                        Campamento inglés.

------De La Nodriza esclava
L.Fraix


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